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lunes, 19 de noviembre de 2012

Sin brújula


J. V. Aleixandre

Sin Fernando Gago sobre el césped, el Valencia se desmadeja. Es decir, deja de ser un equipo, concepto fundamental en el fútbol. Ante el Espanyol, un bloque muy apurado, y pese a tener el marcador encarrilado al cuarto de hora, el once de Pellegrino se descompuso y cada futbolista campó a sus anchas, sin ninguna cohesión interna ni estructura. El mediocentro argentino es fundamental y su ausencia no hay nadie capaz, ya no de suplirla, sino, al menos, de amortiguarla. O al menos, así sucedió el sábado. Gago es el nuevo Rubén Baraja, al que tanto se ha echado en falta desde que fue despedido a cajas destempladas por no comulgar con ruedas de molino. Lo malo es que Gago no parece tener relevo y sus bajas son para ponerse a temblar. Es el ancla que sujeta al equipo y, a la vez, el timón que marca el rumbo. Sin él, Tino Costa y Jonas se pierden en fuegos de artificio. A su lado, se convierten en eficaces canalizadores de juego. Parejo podría ser el relevo pero ni al madrileño le gusta esa posición, ni a Pellegrino parece que le convence el futbolista. Pinta mal este asunto. Ante el caos y la desorganización imperante, el personal reclamó la presencia de Banega, que tampoco arregló nada. Tuvo que llegar al rescate el árbitro y sacarse un penalti de la chistera para enmendar el entuerto. Refugiado en el marcador final, el Valencia se libró de una bronca colosal y la cosa se quedó en conatos de abucheo. Pero el resultado no puede maquillar una actuación penosa que, en vísperas de recibir al poderoso Bayern, abre un inquietante interrogante: ¿qué Valencia aparecerá el martes por la noche por la bocana de Mestalla? Toca la cara A, pero vaya usted a saber. Este equipo tan zigzagueante carece de normativa al respecto. Más emoción, imposible. Si sale con barba, san Antón; si no, la Purísima, que decía el maño.
Antonio Vich, en el recuerdo. El partido contó con un prólogo emotivo. Se rindió un fugaz homenaje en memoria de Antonio Vich, un valencianista desbordante. Era un directivo a la vieja usanza, apasionado y desprendido. Firmaba donde había que firmar, es decir, en la chequera, y puso dinero de su bolsillo en momentos muy delicados, para salvar al club de más de un apuro. Nada que ver con los de ahora, que no sólo no apoquinan sino que, además, se los llevan crudos. Para muchos de aquellos dirigentes, el cargo comportaba riesgo y sacrificio. Ahora es una canonjía. Pregúntenle a Társilo Piles, por ejemplo, qué tal le va en la poltrona de la Fundación. Les dirá que no gana para disgustos. Y ustedes se lo creerán. En fin...

http://www.levante-emv.com/deportes/2012/11/19/brujula/952930.html

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